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Sin mascarillas

La noticia del cese obligatorio de la mascarilla y el no tener que enseñar el carnet de vacunación no convenció a Emma. Ella dice que nadie ha dado por finalizada la pandemia y que nadie tampoco le garantiza que no se pueda contagiar en sitios donde se congregue una cierta cantidad de gente.

Yo estoy de acuerdo con ella. Ambas decidimos seguir usando la mascarilla en sitios en donde haya mucha gente. La oí discutiendo por teléfono con una comadre y como trató de convencerla, así ha hecho con todo el vecindario.

Por lo demás, la vida sigue su agitado curso. Mi fiel cocinera sigue con su rutina, además de estar pendiente de los chismes y enfrascarse en paliques con los conocidos que frecuentan nuestro entorno. Ella se precia de estar bien informada y en realidad lo está, aun de acontecimientos de la política criolla, los que le trasmite su querido compadre el platanero, huésped habitual de las cocinas de los altos cargos.

Los chismes de ahora giran en torno a la guerra, aunque Emma no sabe muy bien dónde queda ese país de Ucrania; se lo enseñé en el mapa, pero no logra ubicarlo en su imaginario. Para ella ese país y Rusia son la misma cosa, así que ha decidido que esa guerra es entre compueblanos. No deja de tener razón; de cierta forma son, después de todo, ramas del mismo palo.

Yo le pedí que rezara para que esa conflagración se resolviera, cosa que ella se comprometió a hacer.

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