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Mueren tres de los mejores alpinistas del momento, sepultados por un alud en las Rocosas de Canadá

No se han recuperado los cuerpos de los alpinistas austriacos David Lama (28 años) y Hansjörg Auer (35) y del norteamericano Jess Roskelley (36), pero el padre de este último, John Roskelley, sabe que la pérdida es irremediable: “Sé que mi hijo no volverá. 

Emprendió una escalada en una montaña que, si las condiciones no son perfectas, se convierte en una pesadilla”, explicó el pasado miércoles en The Spokesman Review, horas después de alertar a los servicios de socorro que operan en Icefields Parkway, en la Columbia Británica (Canadá). Su hijo prometió llamarle el martes, pero no llegó a hacerlo. 

El trío perseguía una vía en el Howse Peak, un pico de 3.295 metros especialmente sensible al riesgo de aludes. Un helicóptero de los servicios de rescate alcanzó a divisar los restos de tres aludes y en uno de ellos, material de escalada y un cuerpo semienterrado. Ahora esperan a que disminuya el riesgo de avalanchas para buscar los cuerpos de los tres alpinistas de élite, verdadera punta de lanza del alpinismo de vanguardia.

El padre de Jess es uno de los alpinistas norteamericanos de leyenda de los años setenta y ochenta del pasado siglo, autor, entre otras grandes ascensiones, de una impresionante escalada en la cara noroeste del Nanda Devi, con sus 7.816 la montaña más alta enteramente situada en territorio de India, así como de la primera ascensión de la Gran Torre del Trango, en Pakistán. 

Los hermanos alaveses Iker y Eneko Pou, del mismo equipo, lo recuerdan así: “Sobre todo hemos perdido a un gran amigo con el que compartimos dos expediciones. Era, junto a David Lama, uno de los mejores alpinistas que hemos conocido en nuestra carrera”.

Austriaco como Auer, pero de padre nepalés, Lama firmó en 2012 un hito en la historia de la escalada: logro escalar en libre la ruta del Compresor al Cerro Torre, en la Patagonia argentina. 

Recientemente, había ofrecido un vídeo que recogía sus grandes ascensiones de 2018, entre ellas la cima en solitario del Lunag Ri, en la frontera entre Tibet y Nepal. Tanto él como Auer eran la avanzadilla de un alpinismo profundamente ético que no desdeñaba el entrenamiento científico y riguroso: ser más rápidos, más ligeros, más eficaces para sobrevolar las montañas sin verse expuestos al tipo de peligro que finalmente ha cazado sus vidas.

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