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Maduro y su mujer, bajo una lluvia de críticas por nepotismo

La familia es lo primero. Este slogan, compartido por la amplia franja de descendientes de italianos que viven en Venezuela, parece haber sido cumplido al pie de la letra por la administración de Nicolás Maduro. La prueba más evidente la dan los familiares del ex presidente Hugo Chávez, a los que ahora se suman los del actual jefe de Estado y de su esposa, Cilia Flores, ex fiscal de la república.

Aunque hay para todos los gustos, el reparto de cargos que ha recibido una mayor ola de críticas de la prensa y aún del interior chavista son los de parientes de la pareja presidencial cuyo nepotismo –denunciado por la prensa local y extranjera– excede cualquier pudor institucional desde que llegó al poder el 19 de abril pasado.

La última designación –comidilla de los ambientes políticos y tema de conversación en la clase media local– es la de Carlos Erick Malpica Flores en el cargo de Tesorero Nacional. El nombramiento fue publicado en la Gaceta Oficial del 30 de septiembre último. Se trata del sobrino de la primera dama Cilia Flores, quien en diversas entrevistas a medios oficiales ha reconocido haber empleado a 37 familiares suyos en la Asamblea Nacional cuando era la presidenta del Parlamento. La justificación ha sido invariablemente la misma: que sus familiares se lo merecían profesionalmente.

Sin embargo, la Constitución prohíbe la contratación de parientes hasta el cuarto grado de consanguineidad en los cargos de la administración pública, lo que no ha sido cumplido por nadie del chavismo desde que Chávez asumió el mando en 1999.

El caso salpica la imagen de la presidencia, sumamente cuestionada por una grave crisis económica, por la escasez de alimentos esenciales y por continuos apagones que no hacen más que aumentar el malhumor general.

A sus 60 años, Cilia es una década mayor que su marido, el presidente, con quien se casó formalmente en julio pasado. La primera dama tiene tres hijos de sus anteriores matrimonios, pero ninguno con el jefe de Estado venezolano.

La prensa local la ha criticado con acritud por su decisión de sembrar de parientes y entenados los cuadros políticos y administrativos del Estado. Según esos informes, ha empleado a sus nietos en la Asamblea Nacional y cuando era la Procuradora General.

Su sobrino Carlos Erick Malpica Flores se desempeñó hasta abril pasado como subtesorero nacional. También tenía el cargo de comisionado presidencial para Asuntos Económicos y Financieros. Ha sido incluso director general de la Vicepresidencia Ejecutiva y secretario general ejecutivo de Cancillería.

Pero Maduro no se ha quedado atrás en la carrera de nombramientos familiares. Ha designado a su hijo Nicolás Ernesto Maduro Guerra, de 23 años, como Inspector General del gobierno venezolano. Se trata de una función de auditoría de actos de la administración –es decir, de la gestión encabezada por su propio padre– con la función de comentarle al Jefe de Estado aquello que no suele ser informado por los funcionarios del área respectiva.

El joven vástago –el único que tiene el mandatario– no presenta estudios superiores en su hoja de vida.“Me toca por ser mi papá el presidente de la República”, dijo el joven Nicolás. “Mi objetivo es que seamos el mejor gobierno después del presidente Chávez”, agregó.

El hijo de Maduro también maneja un alto presupuesto. Su equipo está conformado por diez personas que despachan directamente desde Presidencia, donde deciden qué estados serán visitados y en donde entregan en las propias manos del primer mandatario un informe final con el diagnóstico y recomendaciones de solución a los problemas.

Las denuncias se multiplican a diario. “Consideramos la irrupción del hijo de Maduro como un ejemplo del típico abuso de poder”, dijo el diputado opositor Abelardo Díaz. El periodista Nelson Bocaranda, que destapó secretos del cáncer de Chávez, denunció que “Maduro y Cilia invitaron a sus hijos, nietos, sobrinos y dos damas amigas de Cilia” al reciente viaje oficial a China.

También existe el clan de la familia Chávez, cuyos parientes ocupan varios cargos en la Administración, incluyendo la residencia presidencial de La Casona. Las hijas de Chávez, por ejemplo, mantienen una disputa con la actual pareja presidencial porque no quieren desocupar la residencia oficial en la que vivieron durante los largos años de gestión de su padre. El caso no es menor y ha trascendido en cuentagotas a la prensa. Cilia Flores, la primera dama, debió ir vivir por ello a La Viñeta, una mansión destinada al vice y a los jefes de Estado visitantes.

Fuente: Clarín.

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