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Indígena panameña acepta orar, pero secta mata su hija

EL TERRÓN, Panamá (AP) — Dina Blanco se disponía a preparar la cena cuando una mujer de la comunidad la visitó en su humilde casa con una orden: llevar a su familia a orar a una secta distinta al culto católico con el que había bautizado a sus hijos.

“Vas a las buenas o las malas”, aseguró que le dijo la mujer. Dina la identificó como Olivia y, según afirman residentes de esta aldea, sería la esposa del que señalan como el líder de la secta y la persona que reclutó a las familias para el ritual que tendría un final fatal.

Dina pidió a su hijo César, de 15 años, que dejara de cortar la leña para ir al rito. También convenció a su padre, un cincuentón que vive con ella, que la acompañara. Además, llevó a su sobrina Noemí, a la que está criando, y a su hija Inés, de 9 años, que sufría de epilepsia.

Al parecer la mujer de 24 años no sintió desconfianza porque ya había asistido a ese templo improvisado a orar y nada le había sucedido. Sin embargo, esta vez fue distinto y lo que vivió fue un infierno: la secta mató a su nena junto con una mujer indígena que tenía varios meses de embarazo y a cinco de sus hijos menores.

En días pasados, en los informes generales oficiales, se mencionó que la embarazada y sus hijos habían fallecido junto con un vecino adulto –siete muertos en total– pero el relato que Dina dio a The Associated Press reveló que fue su hija, y no un vecino, quien murió con la mujer y sus pequeños.

Una fuente de la Fiscalía General, que pidió el anonimato, por no estar autorizada a hablar de la investigación en proceso, confirmó la información a la AP y corroboró que la niña Inés Urriola Blanco era una de las fallecidas.

Los detalles revelados por Dina son los primeros que ofrece alguna de las 14 personas rescatadas el 14 de enero.

Las autoridades judiciales han dicho que entre los detenidos por el crimen figura el suegro de la mujer embarazada, pero no han dado su nombre ni el de los otros miembros. Versiones coincidentes de los aldeanos apuntan a que el hombre se llamaría Mario González y sería esposo de Olivia –quien llamó a Dina a orar y también estaría detenida– y papá de Josué –pareja de la víctima embarazada–, Josafat y Otniel. Estos dos últimos, según los habitantes de El Terrón, se autoproclamaron profetas y “ungidos” para matar y expulsar a los no creyentes de la comunidad en la comarca Ngabé buglé en las selvas del Caribe panameño.

“Mario González es la cabeza de las malas anomalías y a las que metió a sus hijos”, dijo el aldeano Diómedes Blanco González. “Agredir y matar a su propia familia”.

Dina dijo que antes había asistido a ritos en ese templo improvisado, un galpón con un altar de tablas en un escampado apartado de la escuela y de las casas de paja y tablas de los aldeanos. Refirió que nada le había pasado y que un pastor, que no era Mario González, oraba con ellos y a las 9 de la noche los enviaba para su casa.

La cosa fue diferente en esta ocasión. “Fuimos porque íbamos a orar, aunque la forma en que me trató la señora Olivia no me gustó”.

Asegura que, al llegar, los miembros de la secta les exigieron que mantuvieran siempre los ojos cerrados, los llevaron dentro del galpón con piso de tierra e hicieron que se agarraran las manos con los demás aldeanos que estaban ahí.

“Sentí algo en mi cabeza y no sé qué fue lo que me pasó. Caí de rodillas”, relató. “Desperté y me seguían exigiendo que no abriera los ojos. Escuchaba los tambores, el acordeón, gritos, llantos; estaba amarrada”.

Relató que uno de los miembros de la secta se le acercó –estima que sería la noche del lunes o madrugada del martes 14 de enero– para decirle que su hija estaba muerta y que “las aves de los cielos se encargarían de su cuerpo”.

Su papá, su hijo y su sobrina lograron escapar.

“Es odio. Para mí es un odio que había”, dijo Dina, quien tenía el labio superior hinchado, moretones en el tórax y abdomen y una herida que cicatrizaba en la espalda. Cuando fue rescatada ni siquiera podía hablar porque tenía la garganta inflamada.

Los aldeanos demoraron en percatarse de lo que ocurría. Se enteraron hasta que algunos de los indígenas que lograron escapar con golpes y quemaduras advirtieron que algo pasaba.

Un hombre dice que vio el martes por la mañana a miembros de la secta llevando en hamacas a los muertos desnudos para enterrarlos en una fosa distante.

Los aldeanos se reunieron con palos y machetes para ir al rescate, pero por la tarde llegó la policía.

“Es el dolor más grande que a mí me da”, dijo Dina sobre la muerte de Inés. “Era una niña con discapacidad a la que le dediqué mucho tiempo, que compraba pastilla de tres dólares para su enfermedad. Ahora no la tendré en casa”, dijo y se largó a llorar sin cesar.

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