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Francisco hizo un enérgico llamado a la paz en el mundo

 

En un marco multitudinario como hacía tiempo que aquí no se veía –ante unas 250 mil personas– el Papa Francisco cerró las celebraciones de Semana Santa con la misa de Pascua –la principal celebración de los cristianos– que ofició en la Plaza de San Pedro. En la ocasión, el pontífice formuló un enérgico llamado a la paz y el fin de los enfrentamientos en el mundo, en particular en Medio Oriente –pidió una “solución política” al conflicto que desangra a Siria, el cese de la violencia en Irak y que reine la concordia entre israelíes y palestinos–, así como en diversos países de Africa, atravesados por feroces luchas internas.
 
Además, exhortó a la reconciliación en la península coreana, signada por una creciente tensión suscitada por la belicosa actitud del régimen comunista de Corea del Norte.
 
Ante una concurrencia entusiasta –entre la que se encontraban muchos argentinos con banderas celestes y blancas– que lo vivó al principio y al término de la misa, Francisco pronunció en el cierre de la Semana Santa, desde el balcón de la basílica –como es tradición– el característico mensaje a las naciones. Y, tras mencionar los principales conflictos que sufre el planeta, denunció enérgicamente las actitudes que conspiran contra la paz y la convivencia.
 
Así, el pontífice –el primer jesuita de la historia– criticó “la codicia de quienes buscan fáciles ganancias, que divide al mundo”, y “ el egoísmo, que amenaza la vida humana y la familia ”. También denunció “el desgarro por la violencia ligada al tráfico de drogas y la explotación inicua de los recursos naturales”. A lo que agregó, improvisando, “ la trata de personas, expresión de la esclavitud moderna ”, temas que también están en la agenda argentina. A poco de ser electo Papa, hace poco más de dos semanas, Francisco encabezó desde la misa de Domingo de Ramos, los oficios de la Semana Santa, la principal conmemoración de los cristianos, ya que evoca la pasión, muerte y resurrección de Cristo.
 
Con la masiva concurrencia a los oficios–en particular la celebración de los ramos, el Vía Crucis en el Coliseo y la misa de ayer– el pontífice confirmó la excelente sintonía con los fieles y la sociedad italiana en general, que valoran sus actitudes de sencillez y austeridad, y sus definiciones contundentes, como aquella que pronunció en el encuentro con los miles de periodistas llegados de todo el mundo para cubrir la elección papal: “Anhelo una Iglesia pobre para los pobres”. Además, fue muy destacado el hecho de que haya tomado el nombre del gran santo de los pobres.
 
Desde muy temprano, los fieles fueron ocupando la plaza que, como rápidamente se colmó, empezaron a llenar las inmediaciones. En un mes que fue muy lluvioso, Francisco volvió a contar con la fortuna que acompañó todas sus celebraciones al aire libre: no cayó agua, si bien estuvo por momentos muy nublado y un tanto frío.
 
Desde arriba de las columnatas de la plaza de San Pedro podían verse la gran cantidad de banderas argentinas y carteles de salutación de sus compatriotas al Papa. En menor media, se veían pabellones de Italia, Brasil y España, entre otras nacionalidades.
 
La plaza estaba estupendamente adornada con 40 mil flores multicolores, entre ellas 20 mil tulipanes, 10 mil narcisos, 3.000 rosas blancas y 300 rosas lilas. Además de un centenar de orquídeas y lirios, entre otras, que convirtieron parte de la plaza en un bello jardín colorido.
 
En su discurso, que pronunció despacio y con voz suave, el Papa Francisco definió la Semana Santa como el “éxodo, la travesía de los seres humanos desde la esclavitud, el pecado y el mal a la libertad del amor y la bondad’’.
 
En su mensaje, Francisco abogó por “la paz en Medio Oriente, en particular entre israelíes y palestinos, que tienen dificultades para encontrar el camino de la concordia, para que reanuden las negociaciones con determinación y disponibilidad, con el fin de poner fin a un conflicto que dura ya demasiado tiempo”.
 
También abogó “por la paz en Irak y que cese definitivamente toda violencia, y, sobre todo, para la amada Siria, para su población afectada por el conflicto y los tantos refugiados que están esperando ayuda y consuelo. ¡Cuánta sangre derramada! Y ¿cuánto dolor se ha de causar todavía antes de que se consiga encontrar una solución negociada a la crisis?”, se preguntó el Papa.
 
Además, pidió por la paz en Africa, “escenario aún de conflictos sangrientos”. Se refirió específicamente a Mali, Nigeria, la República Democrática del Congo y la República Centroafricana. También pidió que en la península coreana “se superen las divergencias y madure un renovado espíritu de reconciliación”.
 
En fin, Francisco llamó a “pedir a Jesús resucitado, que transforma la muerte en vida, que cambie el odio en amor, la venganza en perdón, la guerra en paz”. Al final impartió la bendición Urbi et Orbi (a la ciudad y al mundo).
 
Pero su saludo de Pascua sólo lo pronunció en italiano y no en decenas de idiomas como lo hacían Benedicto XVI y Juan Pablo II. Antes había recorrido la plaza en papamóvil saludando a la gente y besando niños en medio de una gran algarabía popular.
 

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