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A 5 meses, sólo se terminó el 7% de las obras previstas

“Es el país con más atrasos (en las obras) desde que estoy en la FIFA”, se quejó Joseph Blatter, el titular de la máxima asociación futbolística mundial. No le faltaban razones. El propio gobierno brasileño admite que, a cinco meses del Mundial de 2014, sólo se completó 7% de los grandes proyectos previstos en el plan de obras de 2010, con excepción de los 12 fantásticos estadios donde 32 selecciones competirán por el título supremo.

Seis del total de arenas construidas ya fueron probadas el año pasado. Pero resta entregar la otra media docena. La séptima y octava serán inauguradas la próxima semana, otras tres deberán estar listas en febrero y quedará para fines de abril la última: el Itaquerao de San Pablo. Sólo habrá un margen de 30 días para comprobar que todo funcione allí, donde se abre la fiesta el 12 de junio. Ayer, el secretario general de la FIFA, Gerome Valcke, reconocía que “no tendremos tiempo de chequearlo. Encontramos, además, una infraestructura que no está perfectamente lista, cuando sabemos que es esencial garantizar el aceitado flujo de personas en los aeropuertos, en las ciudades y en los estadios”, dijo a radio France.

Retrasos en las licitaciones, problemas presupuestarios y falta de tiempo, explican la incertidumbre sobre cuál será el verdadero “legado” del Mundial para los brasileños. Son obras para mejorar el transporte, aeropuertos, telecomunicaciones y energía. Ya fue cancelado un tercio de los proyectos previstos por el plan de obras de 2010, cuyo objetivo era elevar la calidad de vida ciudadana, como es el caso del metro de superficie que habían previsto construir en Brasilia. De los 39 emprendimientos que quedaron como la “buena herencia”, sólo terminaron 4. En junio hubo protestas contra los costos excesivos del Mundial en contraste con el déficit en los servicios públicos. Y el malestar sigue en el aire.

En San Pablo, por ejemplo, ese “legado” será “cero” en transporte de masas. Para vincular el aeropuerto internacional de Guarulhos con el doméstico de Congonhas se optó por una línea especial de ómnibus. En esta capital, el mayor esfuerzo está puesto en terminar el fatídico Itaquerao, que sufrió en diciembre la caída de una parte del techo con la muerte de dos trabajadores. El aeropuerto internacional paulista sigue en obras. Por el momento, sólo se ve el esqueleto de la nueva terminal 3.

En Porto Alegre, donde la selección Argentina debe jugar su segundo partido, el Beira Río ya está casi listo: deberá ser inaugurado el 29 de enero. Pero obras como el BRT, un sistema similar al Metrobus porteño, quedaron para después del Mundial. Hay casos como el de Cuiabá, la capital de Mato Grosso, donde se teme que el aeropuerto no esté listo. Según insinuó una alta funcionaria del gobierno federal, probablemente sea preciso cubrir las instalaciones “con una lona”. En otras palabras, montar una carpa.

También hay atrasos en otros emprendimientos “intangibles”, como es el caso de la seguridad. Blatter juzgó que los partidos se realizarán sin inconvenientes, luego de que Dilma Rousseff indicara su decisión de impedir estragos durante las manifestaciones. Pero la violencia –en verdad, lo que más temen los turistas– no viene precisamente de las protestas. Se origina en actos vandálicos que van desde arrastrones hasta estupros y robos cometidos por individuos o grupos, muchas veces vinculados al narcotráfico. “Aquí vivimos una violencia social, una cosa deplorable que buscamos combatir”, señaló el ministro de Deportes Aldo Rebelo. “Pero mi país no es el único en el mundo donde existe la violencia”, justificó.

Bajo el gobierno de Lula da Silva, el Mundial del 2014 fue una causa política, pero también deportiva. Amante del fútbol, que jugó en su juventud, ver la Copa en casa fue uno de sus grandes sueños presidenciales. Su sucesora, Dilma Rousseff, abrazó el desafío dejado por el antecesor como una prueba a rendir sobre su capacidad organizativa y como parte de su filosofía económica, donde un Brasil convertido en cantero de obras debería renovar y ampliar la infraestructura vial, portuaria, aeroportuaria y ciudadana, al tiempo que generaría nuevos puestos de trabajo.

Ahora, ambos apuestan a un objetivo: el éxito del Mundial, que deben garantizar la continuidad del Partido de los Trabajadores en el gobierno federal hasta 2018.

Fuente: Clarín.

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